El pasado mes de febrero Vivian Maier habría cumplido 100 años. La efeméride sirve para seguir celebrando que la artista no ha perdido interés ni atención de un amplio público que llena salas para verla. Tambien ha servido para multiplicar las oportunidades para debatir sobre la filosofía de la imagen.
Maier nació en Nueva York en 1926 y murió en Chicago en 2009. Durante décadas trabajó como cuidadora de niños mientras fotografiaba en sus horas libres. La “niñera” dejó un archivo de más de 120.000 negativos sin revelar, además de grabaciones. Su trabajo permaneció oculto en un trastero y para salir a la luz en 2007, cuando parte de sus pertenencias guardadas en cajas terminaron subástandose. Maloof abre esas cajas y la segunda vida de Maier comienza..

Su centenario ha permitido volver a ella de diferentes maneras en diferentes países. En París, Rue Vivian Maier abrió el año de celebraciones; en Shanghai, Unseen Work reunió más de 200 fotografías, incluidas imágenes de sus viajes por Asia, además de películas y objetos personales; y en Nueva York, Notes from the Margins ha situado a Maier junto a Allen Ginsberg, (nacidos el mismo año), para confrontar dos trayectorias artísticas al margen de los circuitos de su tiempo.
Como un buen amor, no recuerdo cómo, ni dónde ni por qué empecé a quererla. Solo llego grabado en el corazón que ya en 2022 llegué tarde (por un día) a nuestra cita en Turín.
No iba a pasar lo mismo en Oporto.
Feliz cumpleaños, Vivian
Entre marzo y agosto, el Centro Português de Fotografia expuso Vivian Maier, Antologia, comisariada por Anne Morin, con más de 140 fotografías que dividían etapas y registros de su producción: en blanco y negro, color, retratos, autorretratos, cómmo trató la infancia, fotografía de calle y también fragmentos de sus películas Super 8. Completísima.

Me gustó muchísimo el diseño del montaje, con esas cajas de cartón abiertas a modo de expositores, transportando al visitante al famoso trastero para ser parte de ese momento de revelación. También agradecí que se incluyera una selección de las cámaras que utilizó en sus capturas (no las originales) pertenecientes a la colección permanente que el Centro Português de Fotografia conserva en la última planta del edificio.
Después de ver la primera sala y con la emoción del primer encuentro, no podría parar de pensar en lo que Vivian provoca, lo lejana que parece, a pesar de ver sus autorretratos y guiños a la cotidianidad, y sobre todo si estaría conforme con lo expuesto.
Estaba viendo algo sin propósito de compartirse. Porque entrar en una exposición de Vivian Maier tiene algo de prohibido y de dimensión paralela. Era su mundo, sin orden ni luz. Ahora está secuenciado, acotado y explicado Escalofrío.
Después de estos pensamientos, vienen otros, los que piensan en la producción y logística y en todo el proceso de selección, investigación, clasificación, edición y montaje.
¿De verdad nos paramos a pensamos sobre la cantidad de decisiones que hay detrás de lo que finalmente vemos?
¿Quién decide quién es Vivian Maier?
Maier no construyó una carrera pública como fotógrafa. Tampoco sabemos qué habría hecho con la totalidad de sus negativos si hubiera tenido la oportunidad de revisarlos, imprimirlos y exponerlos. ¿Cómo habría planteado una selección definitiva de sus mejores imágenes? ¿Cuáles serían las instrucciones sobre cómo quería que se leyera su trabajo?
Y esto coloca a los comisarios ante una situación incómoda.
No pueden saber con certeza qué fotografías consideraba terminadas, cuáles habría descartado, qué imágenes habría querido reunir en una misma serie, o no, o qué significado daba a determinadas secuencias. Misterio. Responsabilidad. Y valentía.
Anne Morin conoce bien esa dificultad. En una entrevista previa a la exposición de Oporto explicó que su intención fue proyectar en la muestra “la arquitectura” del archivo de Maier. Según la comisaria, al estudiar el conjunto encontró que la fotógrafa había trabajado durante unos 45 años sobre temas recurrentes y que esos capítulos podían trasladarse a la estructura de la exposición.
Me parece una explicación reveladora. Porque significa que una exposición de estas características requiere una investigación del archivo que nunca parece acabar, además de ir de la mano de la intuición y la equivocación. Y poner mucho de lo que una es en las lagunas que va encontrando.
Y después hay que decidir cómo contarlo.

¿Estamos viendo a Maier?
Anne Morin explica que alrededor de ese núcleo se despliegan otras líneas de trabajo (el blanco y negro, el autorretrato, la infancia, el retrato, el color o el cine) que permiten seguir las transformaciones de la mirada de Maier. El blanco y negro constituye aproximadamente el 90% de la muestra, mientras que el color y el cine aparecen como dos momentos puntuales y más experimentales.
La primera gran sala nos coloca en ese territorio que hoy asociamos inmediatamente con su nombre: la calle.
Nueva York y Chicago, son sus escenarios sobre todo durante los años cincuenta y sesenta. Barrios populares. Multitudes. Escaparates. Edificios. Personas que caminan a jeans a su mirada (la posición de su Rolleiflex ayudaba a ese propósito). Estrellas de cine a la salida de un estreno y los gestos que duran apenas un instante que se convierten en eterna poesía bajo los ojos de Vivian.
No parece buscar acontecimientos extraordinarios. Pero todo lo que ella mira lo son. La vida cotidiana que normalmente pasan desapercibida empieza a brillar cuando ella consigue pararla.
El dossier de la exposición utiliza una palabra para explicar esa manera de trabajar: DISTANCIA.
Maier tenía un imán para colocarse en ese punto intermedio desde el que podía observar sin quedar fuera.
Su distancia era física y fotográfica. Perfecta.
Y quizá por eso tantas de sus imágenes tienen esa sensación de estar ocurriendo delante de nosotros sin haber sido preparadas.
El teatro de la calle
Hay una frase del material de la exposición que resume bien esta relación: la calle era el teatro de Maier y sus imágenes, un pretexto.
No es una mala manera de entender su fotografía.
Una postura. Un sombrero. Una mirada. Una pareja. Una sombra. La ropa de alguien. Una persona demasiado elegante junto a otra demasiado cansada. Ecos y efectos, nada se le escapa.
Su fotografía encuentra historias de tres folios en escenas de dos palabras.
Y, sin embargo, ella no desaparece del todo de esas historias. Está en sus decisiones y físicamente, autorretratándose.

Ella en el centro
Es una de sus señas de identidad. Entrar en sus fotografías.
Espejo, reflejos y sombras para definirse. Pero también dando la cara… Esta Vivian nos desconcierta. Es como si necesitara comprobar continuamente que ella también forma parte del mundo que mira.
Considero un acierto que la exposición destacara especialmente estos autorretratos, que Anne Morin considera una de las dimensiones más contemporáneas de su trabajo. La comisaria estima que Maier pudo realizar alrededor de 23.000 a lo largo de unos 45 años.
Modelos y compañeros de viaje
Después aparecen los niños.
Maier trabajó durante décadas como niñera y los niños que cuidaba la acompañaban en sus largos paseos, que ella convertía en fotográficos. Casi por imposición, la infancia ocupó una de sus grandes obsesiones.
Niños solos, grupos de niños, niños jugando, niños que miran directamente a la cámara. Y, de manera especialmente interesante, niños junto a adultos.
La exposición plantea que Maier parecía interesada en la forma de relacionarse.
Orden geométrico
Hay un momento en la exposición en el que la presencia humana se reduce para dar paso a la sección dedicada al formalismo.
Ya es otra mirada. Es otra Vivian que parece divertirse ordenando el mundo dentro de un rectángulo.
Ya no importa tanto quién está delante de la cámara. Las líneas, las estructuras, las geometrías, los objetos, las superficies, los equilibrios son protagonistas de esta sección más desconocida de la autora.
Son fotografías que pueden parecer casuales hasta que uno observa cómo está construido el encuadre.

Leica y el color
A partir de 1965, Maier comenzó a trabajar con película en color y pasó de la Rolleiflex a una Leica, más ligera y con el visor a la altura de los ojos.
El cambio técnico también modificó su relación con quienes tenía delante y su fotografía se vuelve más rápida y directa.
Ropa, escaparates, objetos, combinaciones cromáticas inesperadas. Maier parece disfrutar de las contradicciones visuales que salen a su paso. Aquí juega, y se nota como disfruta con encuadres, luces y desenfoques. ¿Qué tipo de pintura le gustaría? .
Y luego la acción…
Maier comenzó a filmar escenas callejeras, acontecimientos y lugares en 1960. El cine no supone una ruptura radical con su fotografía.
Un hombre detenido por la policía. Las consecuencias de un tornado. Una multitud. Un trayecto. Un grupo de animales avanzando hacia los mataderos de Chicago.
Le gusta estar cerca y el zoom parece un microscopio para llegar a la piel de unas manos, unas piernas o al un microgesto perdido entre la multitud.
No hay una narración, solo estar allí.

Cien años y una obra que no se acabará
Después de recorrer todas esas secciones, la pregunta inicial vuelve pero con más piezas del puzzle.
Si ella dejó un archivo tan heterogéneo, ¿qué criterios utilizamos nosotros para decidir qué pertenece a su obra y qué pertenece simplemente a su vida?
Junto a sus negativos, también entre sus cosas, Maloof encontró cientos de archivadores de recortes de periódico organizados en fundas de plástico y guardados en cajas. Casos de crímenes, violaciones, secuestros, asesinatos y desgracias. Más argumentos para seguir imaginándola.
¿Qué más obsesionaba a Vivian?
La paradoja es que, cien años después de su nacimiento, entendemos que Maier no se acabará porque seguiremos construyéndola…
Seguiremos interpretándola, tomando decisiones por ella, poniendo mucho de nosotras para completar sus sombras.
Nos enamoró desde que salió de ese trastero. Con sus luces y sus silencios. Quizá porque por ellos nos colamos y también nos reflejamos en sus espejos.
Cristina Gala – cultura@gastronomiaymoda.com
Fotografías/Vídeo: cristinagala_ (Imágenes con derechos reservados. Prohibida su reproducción sin autorización expresa de la autora).

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