Música

Juan Luis Guerra vuelve a Sevilla para llenar la Plaza de España: mucho baile y una lección de oficio

18.000 personas agotaron las entradas para cantar sus míticas canciones. Ni todo el calor de la tarde logró que nadie se planteara marcharse antes del esperado último bis. Había dejado para ese momento La bilirrubina.

Una plaza que no paró de bailar

Sevilla llevaba todo el día en alerta naranja y a las diez y media de la noche seguía sin ceder ni un grado. Aun así, la Plaza de España estaba llena hasta el último rincón, sin una sola entrada libre, con 18.000 personas dispuestas a aguantar lo que hiciera falta para ver al maestro.

Cuando Juan Luis Guerra salió con su gorra de siempre, al ritmo de «Rosalía» y envuelto en nubes de humo, la fiesta empezó y ya no hubo tregua en dos horas.

Lo primero que pensé es que este no era un concierto para descubrir nada nuevo. Y me equivoqué. El maestro se reinventa y actualiza. Sus canciones de siempre, se resumieron en un popurrí, que algunas echamos de menos no cantar de principio a fin. Pero es que había mucho que cantar… y bailar.

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Cuarenta años de oficio detrás de cada nota

Pocas veces se escucha algo tan cuidado. La 4.40, su banda, nació en 1984, cuando Guerra reunió a tres músicos, Maridalia Hernández, Mariela Mercado y Roger Zayas-Bazán, recién salido él mismo de su etapa de estudios en Boston. El nombre no es casualidad: 440 hercios es la afinación estándar de la nota La, el patrón exacto al que se debe ajustar cualquier instrumento antes de tocar. Cuatro décadas después, solo Roger Zayas-Bazán sigue sobre el escenario de aquella formación original, pero el espíritu de precisión que le dio nombre al grupo sigue intacto.

Se nota en cada detalle: los vientos entraban exactos, las percusiones se entrelazaban sin pisarse, los coros respondían con una limpieza que solo da la experiencia acumulada durante más de treinta años de giras.

La escuela que lo cambió todo

Guerra estudió composición y arreglos en Berklee College of Music, en Boston, considerada la escuela de música contemporánea más prestigiosa del mundo. Llegó allí tras pasar por el Conservatorio Nacional de Santo Domingo, y ese paso por las aulas se traslada a todo lo que ocurre sobre el escenario.

No hay margen para la improvisación sin criterio ni el relleno. Cada arreglo es un arte, y está resuelto con un rigor que pocos artistas sostienen. El sonido, además, llegaba nítido hasta el último rincón de la plaza. Ni un instrumento se comía a otro, ni la voz se perdía entre la masa de gente.

Letras que son poesía y también denuncia

Detrás del baile hay algo que a veces se olvida: Juan Luis Guerra escribe. Sus canciones esconden metáforas que parecen sacadas de un libro de poemas.

Y al mismo tiempo, bajo esa belleza, hay crítica social. Habla de migración, de desigualdad, de la vida difícil en el Caribe, sin perder nunca la ligereza del merengue. Esa mezcla, poesía y denuncia envueltas en ritmo, es quizá lo que hace que sus canciones no caduquen.

Una fe sin disimulo

En un momento del concierto anunció que venía una bachata dedicada a Jesucristo. Habló de milagros, de vida eterna, de una fe que no necesitaba explicarse ni disculparse. Lo dijo con la misma naturalidad con la que anuncia cualquier otro tema de su repertorio, sin ironía ni gesto cómplice buscando aprobación.

Después, hacia el final, preguntó algo sencillo:cuántos paises se congregaban en la plaza. La respuesta llegó en forma de gritos y ovaciones. Mencionó Venezuela. El terremoto de hace unas semanas. Pidió que Dios la bendijera. Y Sevilla supo acercarse a ese dolor  con el aplauso más largo.

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Lo que ya no le pertenece del todo

Con «Como yo» la plaza se llenó de abrazos. Con «Burbujas de amor» la voz del público suplió a la del propio artista, y él simplemente sonrió y acercó el micrófono.

Hizo amago de despedida con «Las avispas», que nadie se creyó, y volvió para cerrar con «A pedir su mano», «Bachata Rosa» y, como no podía ser de otra manera, «La Bilirrubina». Todo eran sonrisas.

El verdadero triunfo de la noche

Cuando se apagaron las luces, y parecía que el calor daba una pequeña tregua,nadie tenía prisa, aunque tuviesen que trabajar. Todo eran comentarios sobre lo bien que lo habían pasado, lo bonito que había sido, las cantidad de canciones que no recordaban saberse tan bien… y por supuesto los grupos que llenaban las calles de vuelta cantando en bajito … “quisiera ser un pez”.

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Fotografías y vídeo: cristinagala_  (Imágenes con derechos reservados. Prohibida su reproducción sin autorización expresa de la autora).

Cristina Gala – cultura@gastronomiaymoda.com

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