Fue la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Pintura, expuso en la Bienal de Venecia y convivió con algunas de las figuras más brillantes de la Edad de Plata española. Y, sin embargo, Menchu Gal sigue siendo una gran desconocida. La exposición “Menchu Gal. Imágenes de una vida”, en el Espacio Cultural Serrería Belga, recupera hasta el 28 de junio la intensidad y la libertad de una artista que defendió su esencia por encima de todo.

Una artista difícil de encajar
Lo primero que sorprende frente a la pintura de Menchu Gal es su independencia. Hay ecos de las vanguardias, sí, pero nunca sometimiento. A veces aparece cierta audacia cromática cercana al fauvismo; otras, una construcción más contenida que recuerda a algunos pintores modernos europeos. Pero al final todo termina pareciendo únicamente a Menchu Gal.
Y probablemente por eso resulta tan contemporánea.
La comisaria de la exposición, Marisa Oropesa, define precisamente su pintura como “única y libre”, dos palabras que resumen muy bien la sensación que deja el recorrido: la de una artista imposible de encerrar dentro de una etiqueta concreta.
La muestra, organizada junto a la Fundación Menchu Gal, reúne alrededor de cincuenta piezas entre paisajes, retratos, bodegones e interiores, permitiendo recorrer la evolución de una creadora que convirtió la libertad estética en su identidad para como ella misma decía “pintar lo que sentía al mirar”.

La niña que llegó demasiado pronto a París
Menchu Gal nació en Irún en una familia culta y acomodada que entendió rápidamente que aquella vocación artística no era un pasatiempo pasajero. Con apenas trece años ya había sido seleccionada en una exposición de artistas noveles en San Sebastián y poco después marchó a París para formarse con el pintor cubista Amédée Ozenfant.
Imaginar a una adolescente española llegando sola a aquel París atravesado por las vanguardias ayuda a entender muchas cosas de su pintura posterior. Allí descubrió a Matisse, el color como lenguaje emocional y una manera mucho más libre de relacionarse con la pintura.
Después llegarían Madrid, la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y la Residencia de Señoritas dirigida por María de Maeztu, uno de los espacios intelectuales más avanzados de la época. Por sus salones circulaban Victoria Kent, María Zambrano, Rosa Chacel, María Moliner, Clara Campoamor o Zenobia Camprubí. Menchu Gal perteneció a una generación de mujeres que empezaba a ocupar espacios que hasta entonces les habían sido negados.

La artista que convivió con la Edad de Plata
La exposición también permite reconstruir el ecosistema cultural en el que se movió la pintora. Menchu Gal convivió con escritores, artistas e intelectuales de la llamada Edad de Plata española, ese extraordinario periodo cultural truncado por la Guerra Civil. Federico García Lorca, Pablo Neruda, Rafael Alberti o Maruja Mallo forman parte de ese paisaje humano y creativo que rodeó sus primeros años.
Después llegó la guerra y el exilio en Francia. Pero lejos de detener su evolución, ese periodo terminó ampliando todavía más su contacto con las corrientes artísticas europeas.
De regreso a Madrid en los años cuarenta, figuras como Benjamín Palencia o José Gutiérrez Solana reconocieron rápidamente el valor de su trabajo. Su incorporación a la llamada Escuela de Madrid consolidó una mirada pictórica profundamente personal, alejada tanto del academicismo como de cualquier obediencia estética.

Pintar como una forma de libertad
Aunque Menchu Gal es especialmente recordada por sus paisajes —los verdes del Bidasoa, Hondarribia, las marinas del norte o los horizontes castellanos—, la exposición demuestra hasta qué punto también dominaba el retrato y el bodegón.
Hay algo especialmente vibrante en su manera de trabajar la luz y el color. Sus cuadros no buscan la perfección fría ni la solemnidad. Parecen pintados desde el impulso, desde una relación física y emocional con el paisaje.
Menchu Gal nunca terminó de pertenecer del todo a ningún movimiento porque prefirió mantenerse fiel a una mirada propia.
Eso, en una época llena de normas, escuelas y etiquetas, también fue una forma de valentía.
Supongo que tengo cierta inclinación hacia este tipo de artistas difíciles de domesticar, empeñados en sostener un universo propio al margen de modas y consensos. Me pasó hace poco escribiendo sobre Hammershøi (ver aquí).

Una pionera a la que todavía estamos redescubriendo
Que Menchu Gal fuese la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Pintura en 1959 debería haber garantizado un lugar mucho más visible dentro de la historia del arte español. También participó en tres ocasiones en la Bienal de Venecia y realizó decenas de exposiciones individuales y colectivas dentro y fuera de España.
Y sin embargo, sigue existiendo alrededor de su figura una especie de discreción histórica difícil de explicar.
Quizá porque nunca construyó un personaje alrededor de sí misma. O porque su pintura escapaba demasiado a las categorías fáciles. O simplemente porque muchas artistas de su generación quedaron durante décadas relegadas a una segunda línea del relato oficial del arte español.
Vista hoy, su obra no transmite sensación de pasado. Al contrario. Hay algo profundamente actual en su independencia, en su manera de entender la pintura como espacio de libertad y en esa negativa constante a encerrarse dentro de un estilo reconocible.
La exposición de la Serrería Belga funciona también como una reparación silenciosa. La de una artista pionera que abrió caminos sin necesidad de convertirlo en discurso.
Y basta detenerse unos minutos frente a sus cuadros para entender que nunca pintó para encajar. Pintó para mirar el mundo a su manera.
Fotografías: cristinagala_ (Imágenes con derechos reservados. Prohibida su reproducción sin autorización expresa de la autora).
Cristina Gala – cultura@gastronomiaymoda.com

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