La gran retrospectiva de Vilhelm Hammershøi en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza (90 obras) se despide el próximo 31 de mayo convertida en una de las exposiciones más comentadas de la temporada. Más allá de sus famosos silencios y sus figuras de espaldas, la muestra revela un universo íntimo y profundamente psicológico, construido a través de símbolos, ausencias y pequeños detalles que terminan atrapando al espectador.

El pintor que resistió al ruido de las vanguardias
Quedan apenas unos días para visitar “Hammershøi. El ojo que escucha” en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. La exposición, que clausura el próximo 31 de mayo, se ha convertido en una de las muestras más comentadas de la temporada cultural madrileña y también en una de las más inesperadamente emocionales.
Todo el mundo habla del silencio de Vilhelm Hammershøi. De sus habitaciones vacías, de sus figuras femeninas de espaldas, de las puertas entreabiertas o de esa luz gris que parece ralentizar el tiempo. Y sí, el artista danés convirtió la quietud en un lenguaje visual único y propio.
En plena eclosión de las vanguardias, que acaparaban el entusiasmo artístico y cultural de la época, Hammershøi eligió mantenerse al margen, aferrado a una pintura íntima y radicalmente personal. Así puede verse en las poco más 400 obras que pintó hasta su muerte a los 51 años.
Pero quizá, y en mi opinión, lo más interesante de esta retrospectiva no sea el silencio en sí, sino todo lo que sucede detrás de él.

Las mesas espejo, las puertas y todo aquello que no vemos
Porque tras una primera mirada contemplativa, los cuadros empiezan a revelar otra cosa: detalles mínimos que contienen historias personales, objetos que parecen colocados como pistas, líneas que ordenan emocionalmente el espacio, reflejos que son portales, ausencias y símbolos que hablan constantemente del propio artista, incluso cuando parece no querer hacerlo.
Son dos las veces que he visitado la exposición. Y les confieso que espero poder despedirme del autor en una tercera.
En la primera, entras en Hammershøi desde su atmósfera; en la segunda empiezas a escuchar lo que sus cuadros esconden. Entonces aparecen las mesas espejo, las puertas alineadas como umbrales psicológicos, las pequeñas tensiones entre luz y sombra, los vacíos cuidadosamente construidos y esa sensación de que nada es casual, de que todo está medido. Hasta esos cuadros colgando en sus paredes que no muestran su contenido.

Lo fascinante sucede detrás del silencio
En sus tan admirados interiores hay estructura emocional, obsesión compositiva y un mundo simbólico profundamente activo. Todo habla de él: la paleta de grises azulados, los objetos mínimos, la geometría casi obsesiva, la repetición de ciertos motivos, la forma en que entra la luz o incluso aquello que decide no contar. Y el blanco, su blanco. Sus cuadros, silenciosos en apariencia, están llenos de información íntima.
Y quizá ahí reside la contemporaneidad y la atracción inesperada de esta exposición. O no tan inesperada, porque ahora sí estamos en disposición de mirar su obra.

Cuando el espectador completa la emoción
En una época saturada de imágenes y estímulos, Hammershøi es un oasis. Sus figuras de espaldas eliminan cualquier pista emocional evidente, y es entonces cuando el espectador completa lo que falta. Cada uno termina proyectando en esos cuadros algo propio.
De esa manera se comprende cómo el público está reaccionando. Algunos de los visitantes con los que he podido intercambiar impresiones describen la muestra como un refugio, un lugar donde descansar la mirada o respirar más lento. Y tiene sentido: pocas exposiciones consiguen generar una experiencia física tan pausada sin caer en el artificio.

El pequeño punto blanco en la mano de Ida
Pero entre todos los detalles que permanecen después de la visita hay uno que parece especialmente inolvidable. En el primero de los retratos de Ida Ilsted –su inseparable esposa a la que retrató tantas veces, y a mi se me antojan cartas de amor– que da la bienvenida a la exposición, hay un pequeño punto blanco, blanquísimo, en el dedo anular de su mano derecha. Brilla mucho para que no se desprenda de él la ilusión del compromiso. Ahí hay una historia.
Ese punto blanco resume, a mi manera, toda la exposición. Porque en Hammershøi todo remite al interior: sus habitaciones, sus paisajes, sus retratos psicológicos. Todo parece hablar de una profundidad emocional contenida, casi secreta, de la que nos hace partícipe si quieres mirar. Hammershøi tiene todo para atraparte.
Y eso termina el 31 de mayo.
Museo Thyssen-Bornemisza Pº del Prado 8, Madrid
Fotografías: cristinagala_ (Imágenes con derechos reservados. Prohibida su reproducción sin autorización expresa de la autora).
Cristina Gala – cultura@gastronomiaymoda.com
Sección Cultura · Gastronomía y Moda


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