Cultura

A canela y clavo: la Bienal rinde su homenaje al pueblo gitano en la Maestranza

Esperanza Fernández, Duquende y José Valencia reunieron sus voces en el Teatro de la Maestranza para un homenaje a la huella gitana en el flamenco, dentro de la Bienal de Sevilla

Bajo la dirección musical de Pedro María Peña, el Maestranza reunió el jueves a tres de los cantaores con más peso genealógico del panorama actual: Esperanza Fernández, José Valencia y Duquende. No hizo falta escenografía ni recursos añadidos. Un juego de luces y la música bastaron para sostener toda la noche.

El título ya avisa de por dónde iba a ir la cosa: lo dulce y lo punzante, conviviendo. Un homenaje al pueblo gitano que no se quedó en la nostalgia, sino que buscó, en todo momento, sentirse vivo.

Tres voces, tres formas de heredar

Lo primero que llama la atención de este espectáculo es cómo cada cantaor entra en escena con su propia manera de entender el cante.

José Valencia lo hace desde la contención. Su soleá es de las que no necesitan levantar la voz para emocionar; deja que los silencios trabajen tanto como las palabras. Canta a los suyos, a lo que ya no está, a una casa que solo existe en el recuerdo. Es un cante de Lebrija que arrastra generaciones detrás.

Duquende, con su sombrero blanco tapándole media cara, cambia el rumbo hacia algo más festivo. Sus cantes de levante prenden al público casi sin esfuerzo, como quien enciende una mecha que llevaba tiempo esperando.

Esperanza Fernández aparece descalza, con un mantón dorado bordado en rojo, y convierte su parte del espectáculo en una búsqueda. Canta sobre encontrar un lugar nuevo, y lo que encuentra en realidad (a juzgar por cómo responde la sala)  es la complicidad absoluta del público, que se entrega en cuanto ella cambia el paso hacia las bulerías.

 Bienal de Flamenco @Laura León
Bienal de Flamenco @Laura León_

La libertad como hilo conductor

Todo el espectáculo insiste en una misma idea: la libertad como bandera de un pueblo. Aparece de forma explícita cuando Los Mellis de Huelva, Pedro Peña y Sergio Aguilera retoman una caravana escrita hace medio siglo por Juan Peña «El Lebrijano». Cantar a ser libre como el viento, en ese contexto, no es una metáfora vacía: es una declaración.

El momento de mayor recogimiento llega con una saeta que canta Duquende, sostenida por el contrabajo de Gal Maestro y el violín de Leslie Ann Jordan, al que después se suma la flauta. Es de esos pasajes que se sienten en la piel antes de entenderse del todo.

Quince minutos que no quieren terminar

El número más largo de la noche llega con el baile de Pepe Torres y Nazaret Reyes, al que termina sumándose todo el elenco. Se estira más de un cuarto de hora y por momentos parece que el espectáculo va a cerrar ahí, en fiesta.

Pero antes de despedirse, A canela y clavo elige recogerse. Los tres cantaores se juntan en el centro del escenario para una seguiriya que habla de soledad, y el teatro entero responde poniéndose en pie.

El cierre llega con una pieza sencilla, casi susurrada, escrita por el propio Pedro María Peña. La caravana vuelve a sonar una última vez mientras el elenco abandona el escenario, y el público tarda varios minutos en dejar de aplaudir.

A canela y clavo  consiguió  emocionar con lo de siempre , una voz, una guitarra, un baile. Desde el  orgullo y la herida  se quedó flotando entre las butacas .

Se aplaudió una manera de existir que sigue viva, generación tras generación, y que la pasada noche, en la Maestranza, volvió a demostrar por qué el flamenco no se entiende sin ella.

Cristina Gala – cultura@gastronomiaymoda.com

Fotografías: Bienal de Flamenco @Laura León

Sección Cultura · Gastronomía y Moda

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