Un armario. Una cuna. Una máquina de coser. Las salinas de Bonanza. La puesta de sol desde Sanlúcar. Parecen temas muy modestos para argumentar una de las trayectorias más importantes de la pintura española contemporánea. Pero así era Carmen Laffón. Humilde, silenciosa y mágica. La pintora que acariciaba el lienzo.
La pintora que acariciaba el lienzo
Desde su Sevilla natal hasta su rincón del paraíso en Sanlúcar, dedicó más de seis décadas a observar los mismos objetos y los mismos paisajes para vivirlos desde el asombro cada vez que los miraba. Otros habrían buscado nuevos escenarios que compartir. Ella regresaba una y otra vez a lo sencillo. Cal, salinas, mesas y carretillas para hablarnos de la importancia de la luz, del tiempo o de su propia evolución como artista.
Esta es la narrativa que encontramos en Variaciones, su singular retrospectiva, la exposición que el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza le dedica bajo el comisariado de Paula Luengo que se inauguró el pasado 23 de junio y se queda todo el verano en la capital.
No es una retrospectiva convencional. Se aleja del recorrido cronológico para situarnos ante los temas que acompañaron su vida y definieron a una de las voces más personales del arte español de los siglos XX y XXI.

Saldrás admirando a Carmen Laffón
La exposición reúne 77 obras, entre pinturas, dibujos y esculturas, realizadas a lo largo de más de sesenta años de trabajo. La mayor desde que el Reina Sofía acogió otra gran muestra hace 34 años.
El recorrido se estructura en nueve ámbitos temáticos. Pero la visita empieza al entrar en sus salas. Nada más entrar, en el vestíbulo, nos recibe una de las instalaciones cedidas por el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, la serie dedicada a las viñas y la instalación en bronce llamada “26 espuertas cargadas de uvas”. Parece un guiño entre las ciudades de Carmen.
A éste, se suman otros préstamos procedentes del Banco de España, Fundación Enaire, Fundación María José Jove, Ibercaja, el Museo Helga de Alvear, Montemadrid y diversas colecciones privadas, que han tenido a bien compartir obras habitualmente inaccesibles al público. Otro motivo más para tener esta exposición en tu lista de citas obligatorias del verano.
Cada sala funciona como una cápsula temática entre obras realizadas en momentos distintos de su carrera. Algunas están separadas por décadas, pero comparten la misma inquietud y el motor de reflexión que les otorgaba Laffón.

Paisaje universal
Buena parte de la exposición está dedicada a los paisajes que la envolvieron hasta sus últimos días.
Las salinas de Bonanza, las marismas, las viñas, Sevilla y el entorno de Doñana aparecen convertidos en protagonistas de una pintura donde el horizonte ocupa todo.
Quien conozca Sanlúcar de Barrameda reconocerá muchos de esos escenarios. Quien no haya estado allí descubrirá que la artista consiguió convertir un territorio profundamente andaluz en un paisaje de alcance universal.

La intimidad también merece ser pintada y esculpida
La cuna, la máquina de coser, los armarios o las cestas aparecen representados en la siguiente sala con la misma importancia que cualquier gran paisaje. O más.
Especialmente llamativos resultan los armarios abiertos, convertidos casi en arquitecturas fantasmales. La madera, las puertas entreabiertas y los vacíos terminan adquiriendo tanto protagonismo como aquello que podrían contener. ¿La espera?
También encontramos objetos ligados al trabajo cotidiano que Carmen Laffón observó por años hasta convertirlos en formas escultóricas.
Esa relación entre pintura y volumen que ella no podía dejar de subrayar, tan suya.
Muchos visitantes conocen únicamente a Laffón como pintora. Aquí, podrán descubrir otra parte de su producción, la escultórica, que intensificó desde 1995.

El barro y el bronce intentan responder a las mismas preguntas que sus lienzos: cómo representar el peso de las cosas, cómo traducir la materia y cómo hacer visible el tiempo.
Entre las piezas más íntimas de la exposición aparece Marcelina, la muñeca que acompañó a Carmen Laffón desde la infancia y que regresó una y otra vez a sus pinturas y dibujos. Y no suena a nostalgia, más bien a insistir en lo que siente suyo y configura su identidad.
Su presencia permite entender cómo la artista construyó una obra donde la memoria es una forma de seguir observando lo cotidiano, con menos juicio y más conciencia.

Entre la figuración y la materia
Uno de los aspectos que considero más interesantes de la exposición es comprobar la evolución de su lenguaje plástico.
Las primeras obras muestran una figuración más precisa.
Con el paso de los años, las formas comienzan a simplificarse. El dibujo gana protagonismo, la materia adquiere una presencia cada vez mayor y algunos paisajes rozan, y mucho, la abstracción pero sin abandonar nunca la realidad que los inspira y en la que Carmen se sentía cómoda.
Pero con el paso de los años, Laffón se atreve a ser libre, según ella confesó, “el arte contemporáneo le dio alas para no tener miedo”. Y aparta de su obras los primeros planos de mesas para ser todo lo abstracta, difusa y poética que quiere.
Ese proceso puede seguirse con claridad en las series dedicadas a las salinas o a Doñana y los tejados de Sanlúcar.
Llegó el momento de desechar y desechar hasta quedarse únicamente con aquello que le resulta esencial: la luz, el espacio y la atmósfera.
Te aconsejo que reserves los últimos treinta minutos de tu visita para escuchar a quienes la conocieron de verdad. El video que puedes ver en la última sala hará que quieras volver sobre tus pasos y recorrerla de nuevo. Las intervenciones de Estrella de Diego, Jordi Teixidor o su sobrino son oro y aportan mucho más que paneles de sala. Conocerás el carácter de Carmen Laffón entendida por su círculo más cercano, su forma de trabajar y la huella que dejó entre quienes compartieron con ella años de estudio, amistad o admiración.

Una pintura profundamente andaluza sin recurrir al tópico
Hablar de Carmen Laffón es hablar de una artista profundamente vinculada a Andalucía, aunque su pintura nunca quedó encerrada en el sur ni mucho menos en sus tópicos. Admiraba a Mark Rothko y mantuvo una estrecha amistad con Antonio López, con quien compartió esa forma de observación, paciente y detallada, y a contar con el tiempo como parte del proceso creativo.
Carmen Laffón retrató a los reyes eméritos, ingresó como académica en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y recibió algunos de los principales reconocimientos de la creación artística española. Sin embargo, ninguno de esos hitos alteró la verdad de su trabajo. Siguió regresando a su esencia y a sus obsesiones para responderse.
Sevilla, Sanlúcar de Barrameda y el Guadalquivir, el río que cosía sus encuentros, le proporcionaron el escenario que necesitaba para desarrollarse y ser ella, la pintora perfeccionista e insistente que quería morir como Picasso, con un pincel en la mano. Y lo consiguió. Dejó todo preparado en su mesa para continuar su trabajo por la mañana.
Y se marchó de madrugada entre sueños de blanca sal y olor a marisma.
Hasta el 27 de septiembre, disfrútenla en Madrid porque no se prevé que itinere.
Más info:
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid.
Fotografías y vídeo: cristinagala_ (Imágenes con derechos reservados. Prohibida su reproducción sin autorización expresa de la autora).
Cristina Gala – cultura@gastronomiaymoda.com

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