Hay lugares donde la historia parece quedar suspendida en el aire. El Palacio de las Dueñas es uno de ellos. Con la exposición “Cayetana. Grande de España”, patios, salones y galerías amplían la presencia de quien nunca se fue, Cayetana Fitz-James Stuart, en un recorrido que celebra la vida de la XVIII duquesa de Alba en el mismo lugar donde transcurrieron algunos de sus momentos más decisivos.

Entras por la calle Dueñas, número 5, en pleno centro de Sevilla, y viajas en el tiempo. El azahar te da la bienvenida a un palacio en el que han vivido nobles y plebeyos (en la visita se hace alusión a su uso como “casa de vecinos”, gestionada por el padre de Antonio Machado). Y las paredes recuerdan.

Construido entre los siglos XV y XVI, esconde en sus cimientos un pasado musulmán, y fue durante décadas mucho más que una residencia para la duquesa. Fue su refugio. Aquí celebró su puesta de largo. Aquí se casó por primera vez, en 1947, con Luis Martínez de Irujo, con un vestido de satén natural y encaje de Bruselas del siglo XVIII (mencionaremos más adelante). Aquí se casó también por última vez, con Alfonso Díez, en 2011, y salió a sus puertas a compartir su felicidad con los vecinos. Y aquí murió, en noviembre de 2014.
Como dijo su hija Eugenia Martínez de Irujo, comisaria de la exposición junto a la historiadora del arte Cristina Carrillo de Albornoz, “todos los momentos importantes de su vida pasaron en el Palacio de Dueñas”. No es una frase hecha. Es literal.

La exposición Cayetana. Grande de España abrió sus puertas el 5 de marzo de 2026, un día después de que el rey Felipe VI la inaugurara oficialmente, y podrá visitarse hasta el 31 de agosto. Es también la ocasión para estrenar la Sala del Patio del Aceite, un espacio restaurado durante dos años que inaugura una nueva etapa de exposiciones temporales en el palacio.

Tres años de trabajo, más de 200 piezas
La exposición es fruto de tres años de investigación por parte de sus comisarias junto al equipo de la Fundación Casa de Alba. Eso se nota. No hay aquí la sensación de prisa ni de celebración superficial que a veces acompaña a los homenajes póstumos. Cada pieza parece colocada con intención, respeto y cariño.
La muestra se articula en cinco secciones temáticas que abarcan su biografía, su labor como mecenas y coleccionista, su proyección como embajadora cultural, su influencia en la moda y su compromiso con la conservación del patrimonio histórico de la Casa de Alba.
Entre las piezas más comentadas están dos cuadros de Ignacio Zuloaga que nunca antes habían colgado juntos. Uno procede de Madrid y por primera vez se traslada a Sevilla; el otro pertenece al propio Palacio de las Dueñas. Verlos uno frente al otro, en la misma sala, tiene algo de reunión esperada.
Acompañando a la exposición hay también una maravillosa colección de fotografías, muchas de ellas anónimas, que ayudan a reconstruir visualmente la vida de la duquesa. Entre ellas aparecen imágenes ya icónicas: la famosa fotografía de Richard Avedon de Cayetana bailando, otra junto a Lola Flores captada por Cecil Beaton, o la imagen que da forma al cartel de la exposición, firmada por Juan Gynes. Maravillosa.

La niña que aprendió el peso de un apellido
Fotografías familiares -una muy especial con su madre- retratos de estudio, instantáneas domésticas de la pequeña “Tanuca”, que así la llamaban en casa. Espacial mención a los escritos que su padre, a modo de consejos, marcándole un camino de deber, responsabilidad y orgullo.
Con 27 años, a la muerte de su padre, quedó como cabeza de uno de los legados histórico-artísticos más importantes de Europa. Esa mezcla de privilegio y responsabilidad, es el hilo que atraviesa toda la exposición.
Y es que la muestra permite acercarse a aspectos menos conocidos de su trayectoria, con documentos personales y objetos que hasta ahora permanecían reservados al ámbito familiar.

Uno de los espacios que más sorprende dentro de la exposición es la sala dedicada a Cayetana como pintora. En ella aparecen varias obras firmadas por la propia duquesa, una faceta poco conocida que revela hasta qué punto su relación con el arte iba más allá del coleccionismo. Cayetana no pintaba como simple aficionada: estudió, tuvo profesor y hablaba de la pintura como algo que llevaba “en la sangre”.

Como el baile flamenco,que siempre rodeó la vida de Cayetana: Pastora Imperio le enseñó a mover las manos y Enrique el Cojo dijo que ella hubiese sido una grande del baile. Sabemos que organizó eventos privados en sus palacios, apoyó a muchos artistas, ayudando a diferentes proyectos con su presencia en estrenos y espectáculos.

Jackie Kennedy en la Feria de Abril
Uno de los apartados más fascinantes es el que avala su papel como embajadora de España en el mundo.
Prueba de ello, las numerosas fotos y documentación con los personajes más relevantes del momento. La duquesa la recibió encantada en Dueñas a Jaqueline Kenedy, y las dos se hicieron muy amigas. Jackie quedó enamorada de Sevilla y del palacio, y mantuvieron correspondencia durante toda su vida.
Una de esas cartas está expuesta. En ella, Jackie escribe a la duquesa agradeciéndole todo lo que había hecho por ella y diciéndole que serían amigas siempre. También un dibujo de la habitación dónde se alojó la invitada, realizado por ella misma.
No es un detalle menor. En los años sesenta, cuando España se convierte en escenario de grandes producciones de Hollywood, la duquesa no solo asistía a los rodajes sino que organizaba estrenos y recibía en sus palacios a actores y directores. En una época en que el país vivía bastante cerrado sobre sí mismo, Cayetana abría ventanas.

Dior en el salón, flamenca en el alma
La sección dedicada a la moda detiene a todo el mundo. En el salón de la Gitana (le da nombre una estatua del genial Benlliure) se muestran vestidos de diseñadores como Dior, Givenchy, Yves Saint Laurent, así como los españoles, Tony Benitez, Pertegaz, y sus amados Victorio & Lucchino.
Sin embargo, lo más revelador y sorprendente no son estas grandes firmas entre su vestuario, sino la mezcla de estilos que con tanta naturalidad alternaba. La mantilla española, el abanico o los trajes de flamenca conviven con estilismos más relajados, incluso de inspiración hippie. En esa superposición de referencias se reconoce su personalidad: una figura única, en la que la tradición y la espontaneidad formaban parte de una misma identidad. Como era su vida en Sevilla.
Porque si algo define a Cayetana, y la exposición lo transmite bien, es que Sevilla no era para ella una pose ni una afición de temporada.

Noventa minutos que se quedan cortos
La visita a puerta cerrada con la empresa Engranajes Culturales se hace en grupos reducidos y dura unos noventa minutos. Es tiempo suficiente para recorrer las piezas, pero no para digerir todo lo que se ve.
Uno sale con la sensación de haber entrado brevemente en la vida de alguien que fue muchas cosas a la vez: aristócrata y flamenca, coleccionista y pintora, mujer pública y persona profundamente sensible.

En el año en que habría cumplido cien años —el 28 de marzo de 1926 nació en Madrid—, Cayetana vuelve a las estancias del palacio que fue su casa.
Y el palacio, que siempre ha hablado, tiene ahora más cosas que contar que nunca.
Vayan a verla. Comprenderán que semejante figura guarda muchas más sorpresas que no he querido desvelar.

Fotografías: cristinagala_ (Imágenes con derechos reservados. Prohibida su reproducción sin autorización expresa de la autora).
Cristina Gala – cultura@gastronomiaymoda.com
Sección Cultura · Gastronomía y Moda
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