Cultura

Cachito Vallés en el CAAC: la exposición que trabaja con el tiempo sin explicarlo

En El eterno presente, el tiempo no es el  tema, sino una condición.

La exposición de Cachito Vallés en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo —abierta hasta el 24 de mayo de 2026— no plantea un recorrido que se entienda de inmediato. Lo que propone es otra cosa: una experiencia que se construye a medida que avanzas, donde cada pieza introduce un pequeño desplazamiento en la percepción.

Se trata de la primera gran muestra institucional del artista sevillano, cuya práctica se sitúa en ese cruce —cada vez más presente— entre arte, tecnología y experiencia. Pero en su caso, la tecnología no es un fin ni un efecto: es una herramienta para pensar cómo vemos.

Cachito Vallés en el CAAC: la exposición que trabaja con el tiempo sin explicarlo - Gastronomía y Moda

El recorrido reúne una treintena de piezas que combinan pintura, luz, sonido y procesos generativos. No hay títulos que guíen ni un orden evidente que jerarquice la experiencia.

Ese modo de trabajar es coherente con su práctica. Vallés no plantea obras cerradas, sino sistemas en funcionamiento: estructuras que repiten, varían o se activan con el tiempo. En ese sentido, más que producir imágenes, construye condiciones donde la percepción se desplaza constantemente.

Algunas piezas funcionan a partir de secuencias que apenas cambian; otras introducen variaciones que solo se hacen visibles si se permanece. Lo importante no es lo que ocurre en un instante, sino cómo se sostiene.

El punto de partida de muchas de sus obras es técnico: códigos, geometrías, procesos programados. Incluso desarrolla sus propias herramientas y dispositivos como parte del proceso.

Pero lo que sucede en sala no se percibe como algo frío o mecánico. Al contrario, hay una tensión constante entre lo controlado y lo inestable.

La repetición genera ritmo, pero también cierta incertidumbre. La luz delimita, pero al mismo tiempo desdibuja. Todo se mueve en ese margen donde lo exacto empieza a perder nitidez.

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La exposición no se organiza en salas convencionales, sino que se despliega a lo largo del antiguo monasterio, alternando espacios amplios con zonas de paso donde la arquitectura cambia de escala y de luz.

Ese recorrido obliga a ajustar continuamente la percepción. Hay piezas que se abren en el claustro, mientras otras aparecen en lugares intermedios, casi de tránsito, donde la experiencia es más breve, más fragmentaria.

Esa variación introduce cortes y cambios de ritmo que terminan formando parte de la propia lógica de la exposición.

El edificio deja de ser un contenedor y pasa a funcionar como una estructura que organiza lo que ocurre.

No hay una imagen final que resuma la exposición.

Lo que se acumula es otra cosa: una especie de continuidad que no termina de cerrarse al salir. Como si el recorrido no se resolviera del todo dentro del espacio, sino que siguiera funcionando después, de manera más difusa.

En mi caso —y también en las fotografías que hice durante la visita— lo que aparece es esa insistencia: no tanto en lo que se ve, sino en cómo cambia mientras se está mirando.

Y eso, más que una idea, es algo que tarda en desaparecer.

Fotografías y vídeo: cristinagala_ (Imágenes con derechos reservados. Prohibida su reproducción sin autorización expresa de la autora). Cristina Gala – cultura@gastronomiaymoda.com Sección Cultura · Gastronomía y Moda

Fotografías: cristinagala_  (Imágenes con derechos reservados. Prohibida su reproducción sin autorización expresa de la autora).

Cristina Gala – cultura@gastronomiaymoda.com

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