Sobre las tablas —de la sala de prensa—, Carmen Linares, Esperanza Fernández y Marina Heredia ha funcionado no como simple representación institucional, sino como síntesis de una idea de continuidad. Tres voces que atraviesan generaciones y estéticas distintas, reunidas en un mismo plano para subrayar que el cante se activa.

Pero ha sido la guitarra la que, por un instante, ha suspendido el ritmo habitual de una presentación. Juan Manuel Cañizares dejó de lado el discurso para decirlo tocando: unas notas, apenas un fragmento, de su homenaje a Paco de Lucía bastaron para cambiar la atmósfera de la sala. El guitarrista evocó ese momento —íntimo y decisivo— en el que la despedida de un amigo se transformó en materia musical; en una obra que ahora escucharemos junto a la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla dentro de una de las “noches únicas” del ciclo, en un programa que incluye el Concierto Al-Andalus y el Concierto Mediterráneo. Emoción, emoción, emoción.
Ese instante contenía, en cierto modo, una de las claves del programa. La arquitectura del ciclo se sostiene sobre dos estrenos absolutos. El primero, Infinita, marca el regreso de Sara Baras a la Bienal catorce años después y abrirá tanto el festival como la temporada escénica sevillana. La pieza, articulada en torno a ocho figuras femeninas que encarnan las provincias andaluzas, propone una lectura del territorio desde el cuerpo y la identidad simbólica.
En el otro extremo se sitúa Israel Galván con Bolero de blanco y negro, un trabajo que insiste en su línea de depuración: despojar el material —de Ravel al bolero popular— para dejar al descubierto su mecánica rítmica. Si Baras construye desde la imagen y la raíz, Galván opera desde la fractura y la relectura.
Entre ambos polos se despliega el concepto de “noches únicas”, uno de los dispositivos más significativos del programa. No se trata de una sucesión de recitales, sino de configuraciones pensadas como acontecimientos irrepetibles.
El recorrido continúa con nombres que, lejos de ocupar el cartel como garantía, aparecen aquí como vectores de lectura del flamenco actual. José Mercé presentará Toquen a rebato, en diálogo con nuevas generaciones del toque; Manuel Liñán llevará a escena Bailaor@, una pieza de afirmación identitaria construida desde la experiencia personal; y el espectáculo A canela y clavo reunirá a Esperanza Fernández, Duquende y José Valencia, junto a Pepe Torres y Nazaret Reyes, en un homenaje a la raíz gitana entendido no como fijación, sino como materia en transformación.

Farruquito, con Serás Farruquito, introducirá una dimensión autobiográfica estructurada en cinco actos donde cada palo articula una etapa vital —de la herencia al legado—, mientras que Marina Heredia, presente hoy en el acto, desarrollará ¡En libertad!, una propuesta sinfónica que recorre la historia del pueblo gitano desde su origen hasta su proyección contemporánea.
La clausura, en manos de Carmen Linares, no se plantea como cierre sino como continuidad. Perlas a millares revisita Antología de la mujer en el cante treinta años después, incorporando nuevas voces como la de María Terremoto y el baile de Rafaela Carrasco. Más que conmemorar, la propuesta activa una genealogía.
Lo presentado hoy en el Maestranza dibuja una forma de ordenar el presente del flamenco. Entre la expansión formal y la fidelidad a sus códigos, entre lo sinfónico y lo íntimo, entre la memoria y el riesgo. La Bienal aún no ha comenzado, pero en ese escenario ya late.
Fotografías y vídeos: cristinagala_ (Imágenes con derechos reservados. Prohibida su reproducción sin autorización expresa de la autora).
Cristina Gala – cultura@gastronomiaymoda.com

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