El Teatro Romano vuelve a convertirse en una especie de interfaz donde el pasado se reescribe en presente continuo. La edición de este año (nada menos que la 72) insiste en la idea de renunciar a lo clásico como una herencia intocable para reivindicarse como algo que admite tensión, injertos y hasta cierta violencia interpretativa.
Desde el 3 de julio hasta el 30 de agosto, la programación se articula como una secuencia casi rítmica en la que cada bloque de días pertenece a una obra distinta.Spartacus (3–5 julio) inaugura el ciclo con Miguel Ángel Muñoz como figura central, acompañado por un elenco físico y coral que incluye a Armando del Río y Saulo Trujillo, en una propuesta donde el cuerpo y la memoria escénica estructuran el relato.
Apenas unos días después, Electra Jonda (8–12 julio) reúne a Carolina Lapausa al frente, junto a Juan Gea, María Garralón y Lucía Barrado, configurando un reparto que transita entre lo dramático y lo musical.
El relevo lo toma Timón de Atenas (15–19 julio), con Pepe Viyuela encabezando el elenco, acompañado por Esther Acevedo, Tomás Pozzi y Manuel Pico. En su caso, hay algo especialmente interesante: Viyuela ha construido una carrera en la que la comedia física y el gesto preciso nunca han estado reñidos con una profundidad casi melancólica. Ese equilibrio encaja con un personaje como Timón, que pasa de la generosidad desbordada a la misantropía más áspera sin dejar de ser, en el fondo, reconocible.

En Bacanal (22–26 julio), la propuesta se construye desde el grupo, con nombres como Carlos Hipólito, Juana Acosta, Toni Acosta y Javier Collado, en una puesta en escena que prioriza la energía colectiva y el componente ritual. En el caso de Hipólito, su presencia introduce una capa de solidez interpretativa que tiende a ordenar incluso los dispositivos más físicos o fragmentarios.
El tránsito hacia agosto lo marca La comedia de la olla (29 julio – 2 agosto), con Carlos Sobera al frente, acompañado por Ángel Pardo, Silvia Vacas y Javier Lago. Más allá de su popularidad televisiva, Sobera aporta aquí una cualidad muy concreta: un dominio del tempo y de la pausa que resulta esencial en la comedia clásica, donde cada silencio puede ser tan eficaz como el texto.
A continuación, Cómicos de Roma (5–9 agosto) se apoya en un reparto amplio encabezado por Fernando Tejero, junto a Rafa Castejón y Mapi Sagaseta. Tejero, con su capacidad para moverse entre lo grotesco y lo vulnerable, encaja especialmente bien en ese universo donde la risa nunca está del todo separada de la incomodidad.
En la segunda mitad del mes, Fedra, en los infiernos (12–16 agosto) presenta a Lydia Bosch como protagonista, acompañada por Julio Peña, Alejandro Albarracín y Críspulo Cabezas. Su presencia no es menor: tras años vinculada sobre todo a la televisión, su regreso al teatro —y además con un personaje de esta densidad— introduce una expectativa particular. Bosch construye una Fedra más contenida que explosiva, apoyada en la tensión interna más que en el exceso, lo que desplaza el foco hacia la fragilidad del personaje.

Después, El viaje de Edipo (19–23 agosto) articula su propuesta con un elenco donde destaca Juanjo Artero, acompañado por José Vicente Moirón. En su caso, la experiencia acumulada permite una aproximación más sobria, menos enfática, que encaja con esa idea del mito como recorrido más que como destino cerrado.
El cierre llega con Las 9 musas (26–30 agosto), un montaje coral con intérpretes como Angy Fernández, Carmen Conesa, Nerea Rodríguez, Olga Hueso y Lydia Fairén, que construyen una pieza desde la multiplicidad de voces y registros.
Todas las funciones comienzan a las 22:45, cuando la temperatura cede y la escena gana profundidad, porque no podemos olvidar que la noche fuera también parte de la escenografía.
Fuera del escenario principal, el festival se expande en talleres, proyecciones, intervenciones urbanas: todo contribuye a que la experiencia no se limite a la representación puntual. Mérida funciona durante estas semanas como un entorno completo donde lo clásico se filtra en distintos formatos y ritmos.
Finalmente, los textos vuelven a pasar el examen un año más. Y en ese proceso, a veces incómodo, es donde parecen recuperar su verdadera capacidad de interpelación.
Y una recomendación personal a modo de bonus track gastronómico:
Un gesto que casi mejora la experiencia: detenerse a cenar en Agallas Gastro & Food. A pocos pasos del teatro, este espacio funciona más como laboratorio, con una cocina que mezcla referencias y técnicas sin preocuparse demasiado por las fronteras culinarias. La carta propone combinaciones inesperadas; no es raro encontrar platos que cruzan sabores locales con acentos más lejanos o reinterpretaciones poco ortodoxas de recetas conocidas. Conviene llegar con margen —no aceptan reservas y suelen llenarse—, casi como quien busca sitio en la cavea antes de que empiece la representación.
El paseo hasta el Teatro Romano se convierte en una transición casi ceremonial. El murmullo crece, las piedras aparecen iluminadas por antorchas, y uno entiende que el espectáculo ya ha comenzado, aunque todavía no haya actores en escena.
Quizá por eso sigue teniendo sentido recuperar aquella fórmula latina —favete linguis—, no como una orden, sino como una invitación. Guardar silencio, prestar atención, disponerse. Porque en Mérida, incluso hoy, el teatro no empieza cuando se alzan las luces, sino bastante antes: en la espera.

Toda la información y compra de entradas en su web https://www.festivaldemerida.es/
Y si quieres seguir mi sugerencia gastro https://agallasgastrofood.com/
Fotografías: cristinagala_ (Imágenes con derechos reservados. Prohibida su reproducción sin autorización expresa de la autora).
Cristina Gala – cultura@gastronomiaymoda.com

No se puede comentar.