Comisariada por Hélio Menezes y puede verse hasta el 10 de enero de 2027, la muestra reúne 128 obras de 99 artistas procedentes de más de treinta países . Pero la escala no es lo más relevante. Lo que define el proyecto es el marco conceptual desde el que se articula.
El término que da título a la exposición —tomado de la pensadora afrobrasileña Lélia Gonzalez— introduce una idea precisa: América no puede entenderse sin África. No como influencia externa, sino como parte constitutiva.

La exposición se construye a partir de esa noción de “amefricanidad”, entendida como una red de relaciones históricas, culturales y simbólicas que atraviesan el Atlántico
No se trata de revisar el pasado desde una lógica académica, sino de observar cómo esas conexiones siguen operando en el presente.

El recorrido evita cualquier lectura lineal. En su lugar, propone una estructura en capítulos —adaptación, resistencia, reinterpretación, creación de nuevas formas— que funcionan más como vectores que como categorías cerradas
Cada sección introduce desplazamientos: geográficos, formales y políticos.

La selección reúne nombres ampliamente reconocibles —Kara Walker, El Anatsui, Zanele Muholi, Wifredo Lam o Faith Ringgold— junto a artistas de generaciones más recientes
No hay una jerarquía explícita entre ellos.

Las obras dialogan desde posiciones diversas: pintura, instalación, fotografía o textil. Lo que aparece no es una genealogía, sino una red. Las conexiones no siempre son evidentes, pero sí constantes.
En ese cruce, la exposición plantea una cuestión de fondo: cómo se construyen las imágenes cuando las referencias culturales no responden a un único centro.

Uno de los aciertos de la muestra es desplazar el Atlántico de su condición geográfica a un lugar conceptual.
Más que frontera, aparece como un espacio de circulación: de cuerpos, de objetos, de imaginarios.
Las obras recogen ese movimiento a través de materiales, iconografías y lenguajes que remiten a desplazamientos históricos —forzados o voluntarios—, pero también a procesos contemporáneos de identidad y representación.

En ese sentido, la exposición no se limita a hablar de diáspora. La activa como un sistema en presente.
La instalación en el antiguo monasterio de la Cartuja introduce una capa adicional.
El espacio, atravesado por su propia historia de comercio, religión y producción, funciona como un marco que amplifica el sentido de la exposición. No es un contenedor neutro: forma parte de la lectura.
Las obras se distribuyen en los claustros con un ritmo que alterna acumulación y pausa, permitiendo que las relaciones entre piezas emerjan sin necesidad de una narrativa explícita.
Améfrica no busca ofrecer una síntesis, sino desplazar certezas
Trabaja desde la superposición: de tiempos, de territorios, de lenguajes. La exposición cuestiona categorías asumidas —como mestizaje o identidad cultural— y propone otras formas de pensar las conexiones entre continentes.

No hay una conclusión clara al final del recorrido.
Lo que queda es una estructura abierta, donde las relaciones siguen operando más allá de la exposición.
Y quizá ahí esté su mayor acierto: en no intentar cerrar lo que, por definición, sigue en movimiento.
Fotografías: cristinagala_ (Imágenes con derechos reservados. Prohibida su reproducción sin autorización expresa de la autora).
Cristina Gala – cultura@gastronomiaymoda.com

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