Coleccionar arte tiene algo de impulso silencioso y bastante difícil de explicar. Casi nunca responde al mercado, ni al prestigio, ni a la voluntad de poseer. A veces se parece más a una forma de convivencia. A guardar cerca aquello que nos define y seguir mirándolo con el paso de los años para reflejarnos en ello.

Madrid Colecciona: el arte de guardar lo que nos cambia - Gastronomía y Moda
Pilar Albarracín.

El arte de elegir

Madrid Colecciona, la exposición que CentroCentro acoge hasta el 6 de septiembre, parte precisamente de esa pulsión íntima y difícil de verbalizar. De ahí su interés. Porque aquí no hay una gran colección única ni una historia oficial del arte contemporáneo madrileño. Lo que aparece es algo que nos engancha:  cincuenta maneras distintas de mirar.

Comisariada por Adrián Piera, la muestra reúne cien obras procedentes de cincuenta colecciones vinculadas a Madrid. Pero lo verdaderamente llamativo no es la cifra, sino la pregunta que plantea. A cada coleccionista se le pidió elegir dos piezas: una especialmente significativa dentro de su recorrido y otra recién incorporada.

Y esa decisión está en juego con quien la visita.

La exposición deja de organizarse únicamente alrededor del valor cronológico o artístico de las obras y empieza a hablar de vínculos, intuiciones y afectos.

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Mónica Planes.

Las obras también envejecen con nosotros

Hay algo muy humano en esta confrontación entre lo que permanece y lo que acaba de llegar.

Mientras recorres la exposición entiendes que una colección nunca está viva. Algunas piezas parecen haber acompañado durante años a quienes las eligieron, casi como si hubieran ido envejeciendo a su lado. Otras todavía conservan el entusiasmo reciente del descubrimiento, esa emoción difícil de disimular cuando una obra todavía está encontrando su lugar dentro de una casa, de una mirada o incluso de una biografía.

Y ahí aparece uno de los hallazgos silenciosos de Madrid Colecciona: entender que las colecciones también tienen memoria.

No porque las obras necesiten explicación sentimental para existir, sino porque terminan formando parte de las vidas que las rodean.

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Miquel Barceló.

Madrid detrás de las piezas

La exposición también dibuja un retrato bastante sugerente de Madrid, aunque lo haga sin convertir la ciudad en argumento principal.

Las cincuenta colecciones reunidas permiten asomarse a un ecosistema artístico vivo y plural, hecho de gustos que no siempre coinciden y de sensibilidades que a veces incluso se contradicen. Una sorpresa que se agradece.

Porque el arte contemporáneo suele presentarse demasiadas veces como un territorio compacto o difícil, cuando en realidad vive de la diversidad y de la conversación permanente.

Aquí aparecen artistas consolidados junto a otros nombres menos previsibles, lenguajes distintos y maneras de coleccionar que responden a impulsos muy diferentes. No existe una única pedagogía del gusto ni una sola forma legítima de relacionarse con el arte.

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Miguel Trillo.

Y quizá Madrid, precisamente por su mezcla y sus fricciones, sea un buen lugar para comprobarlo.

Hay encuentros con obras que sostienen por sí solos una visita. Me pasó con la obra de Carlos García, Moravégine (2024), atravesada por una atmósfera extraña y opresiva. Cerca una imagen de Isabel Muñoz, siempre tan física y precisa, donde el cuerpo habla desde un lugar vulnerable y poderoso a la vez.

Y luego están esas artistas que nunca pasan de puntillas. Marina Abramović, cuya sola presencia recuerda que el arte contemporáneo también puede ser resistencia y experiencia llevada al límite. O Nan Goldin, incapaz de maquillar la realidad y precisamente por eso tan profundamente conmovedora, con imágenes que se te quedan dentro.

Me interesa especialmente encontrar aquí a Pilar Albarracín, tan atravesada por Andalucía y por esa ironía afilada que convierte identidad, género y tradición en materiales incómodos y fascinantes. Y junto a ella, nombres como Mónica Planes o Eric Nado amplían todavía más ese paisaje de sensibilidades distintas que termina siendo uno de los mayores aciertos de la exposición.

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Kehinde Wiley.

La intimidad del coleccionismo

Siempre me ha intrigado esa parte poco visible del coleccionismo. El momento exacto en que alguien decide que una obra deja de ser algo que admira para convertirse en algo con lo que quiere convivir.

Porque toda colección termina revelando algo de quien la construye.

No de forma evidente ni biográfica, sino a través de afinidades, obsesiones o intuiciones que van apareciendo casi sin darse cuenta. Las piezas dialogan entre sí, sí, pero también hablan de las personas que las eligieron y del tiempo compartido con ellas.

Quizá por eso Madrid Colecciona funciona mejor cuando se mira sin prisa y sin necesidad de entenderlo todo.

No como un inventario de nombres o un ejercicio de prestigio cultural, sino como una suma de relaciones invisibles entre arte y vida.

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Guardar lo que permanece

No salí pensando únicamente en las obras.

Salí pensando en esa extraña necesidad que tenemos de conservar aquello que nos transforma. Una fotografía, un libro subrayado, una carta o una pieza de arte. Da igual el formato. Todos guardamos algo que nos ayuda a recordar quiénes fuimos o quiénes seguimos siendo.

Fotografías: cristinagala_  (Imágenes con derechos reservados. Prohibida su reproducción sin autorización expresa de la autora).

Cristina Gala – cultura@gastronomiaymoda.com

Sección Cultura · Gastronomía y Moda

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